Los cien años de doña Mema Featured

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11 hijos, 30 nietos, 61 bisnietos y 21 tataranietos en un siglo de historias. 

Su nombre es Emma Román Soto, aunque su cédula diga otra cosa. Nació el 21 de junio de 1919 y acaba de arribar a sus 100 años de vida, lo que ella llama como un centenario de amor y bendición.

Cuando doña Emma vino al mundo se supone que hubo una confusión de sus padres o de alguien más, porque le pusieron de nombre Elmer, como si fuese un varón, error que no se corrigió, por lo que muchos años después tuvieron que agregarle a su cédula el “conocida como Emma”. Ella asegura que nunca les preguntó a sus padres el motivo del error, ni tampoco recuerda quién y cuándo le empezaron a decir Emma, e incluso mucha gente la conoce como doña Mema Román.

 

Su vida

Nació en San Isidro centro, 200 metros al oeste de la Municipalidad, que en ese entonces se llamaba Jefatura, y en una zona rodeada de casas. Hija de Ramón Román Jara, un hombre que vino de Atenas a trabajar a la finca de Gregorio Soto, ubicada en aquel tiempo frente a donde está ahora la Bomba El Trapiche.

Ramón acabó enamorándose y casándose con la hija de don Gregorio, doña María Soto Rodríguez, y ellos engendraron cuatro hijas, de ellas, la menor, doña Emma.

“Crecí en el San Isidro viejo y fui a la escuela José Ana Marín, pero la del viejo edificio, el que estaba a un costado de la plaza (ahora el parque) y puedo decir que yo vi cuando “apearon” la vieja iglesia, tenía 10 años entonces y ayudé a mi madre con otra gente a recoger los escombros, para limpiar el terreno donde luego se levantaría el actual templo (gótico) de Coronado”.

Para doña Emma, hablar de los tiempos de antes y los de ahora es “como comparar el cielo y la tierra”, porque para ella antes todo era más simple, pero mejor. “Me mandaban a traer carne y me daban un cuatro y una peseta, que eran seis reales (50 centavos y 25 centavos, eran 75 centavos) y todos los días había olla de carne. En ese entonces una libra de arroz valía 15 centavos”.

Doña Emma recuerda la novedad que significó la llegada de la televisión en una época donde dice que solo había “radiecillos” y en la que jugar al aire libre lo era todo para los niños.

“Cuando vino el primer televisor fue una novedad, blanco y negro, y eran pocas las casas que lo tenían. En aquella época el tiempo transcurría lento y las cosas eran diferentes. Fíjese usted que le compraban a una un par de zapatos solo para los domingos ir a misa y luego a todo lo demás íbamos descalzos, incluso a la escuela, a la que yo llevaba solo una bolsilla para echar el cuaderno y el libro de Paco y Lola, que ahora yo creo que ya ni sale...”.

Doña Emma cuenta que aquella era una época en la que se almorzaba a las 10 de la mañana y se comía a las 3 de la tarde, y a las 6, con candela o lámpara de canfín, un jarro de aguadulce y una tortillita con carne, se rezaba el rosario todos las noches, y luego a “encomendarse al Señor” y a dormir.

Agrega doña Emma, que “el paseo de los domingos era ir a misa (6 y 9 de la mañana) y luego nos íbamos las chiquillas a jugar; me acuerdo del nombre de todas mis compañeras de escuela”. Para mí la mejor época, la más linda fue cuando era pequeñita; mi abuelo y papá tenían vacas, sembraban y nunca pasamos mala situación”.

Doña Emma dice que conoció el mar ya de adulta, cuando un yerno la llevó a la playa, porque antes afirma que el paseo más largo era ir a Alajuelita, a las celebraciones del Santo Cristo, en carreta. “Le ponían un manteado, mi mamá llevaba el almuerzo y nos íbamos desde la mañana, y de camino íbamos comiendo huevos duros con tortilla y gallos de carne”. No se recuerda de su primera vez en tren, pero dice que viajó poco en ese medio de transporte.

Doña Emma señala como su momento más triste cuando se le quemó la casa, en el Barrio San Martín, hace 10 años, pero asegura que como contraparte tuvieron tantas ayudas que más bien le sobró: cobijas, camas, comida (cajas y sacos) y luego la casa la hizo el IMAS, por lo cual ella está eternamente agradecida con todos los que le brindaron apoyo.

A doña Emma también se le conoció como rezadora, afirma que era de amanecer rezando en una vela y que la buscaban mucho para los rezos. También fue “Reina” de su barrio, tras un concurso que se hizo en 1989, hace 30 años y el cual ganó.

Hoy, doña Emma sale poco, porque no puede caminar tras una caída que sufrió, pero cuando tiene oportunidad y viaja por su cantón afirma que todo “ha cambiado muchísimo, y sobre todo, hoy día la vida está al revés”.

Cinco de sus once hijos ya han muerto e igualmente su esposo Leví Méndez Guillén, a quien llamaban Leo. Pese a que ella durante la mayor parte de su vida no trabajó, esa oportunidad le llegó cuando tenía 50 años, en Fuertejidos (una fábrica que existió en la Mora, en Ipís) empezaron a contratar señoras mayores para escoger lanas, doblar cobijas y hacer pacas. Afirma que ese periodo le ayudó luego para obtener la pensión.

El día de su cumpleaños tuvo una fiesta familiar y un día después fue el Barrio, el que le celebró a esta dama centenaria una vida de un siglo que ella define en una frase: “mi vida ha sido una novela”.

 

 EMA QUEQUE

Doña Emma Román, 100 años de vida rodeada del amor de sus seres queridos.

 

 EMA FAMILIA

Solamente una parte de la gran familia de doña Emma y que le acompañaron en su fiesta de los 100 años.

 

 EMA 1

Doña Emma Román, 100 años bien vividos y una vida que ella dice “es como una novela”.

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