El rezo del Niño

Written by 
Published in Actualidad

Eran los primeros días del mes de enero, desde muy temprano la chiquillería andaba alborotada y los muchachos y muchachas añorábamos  que fueran las siete de la noche para poder ir al Rezo del Niño en casa de los Blanco. 

Desde muy buena mañana toda la chiquillada íbamos curiosos a ver el portal. Para mis escasos diez años se me figuraba elegante, ostentoso y enorme. Con sus encerados negros pintados con ocres de todos colores, palmeras verde perico, aquello era una buena mezcla de playa - desierto - montaña - ciudad beduina con todo y camellos.  Un cielo azul turquesa  cubierto de estrellas de escarcha plateada; en lo más alto la Estrella de Belén, miraba hacia abajo aquel portal en que la familia completa participaba y el barrio entero lo esperaba.

Una semana antes de la Navidad, Tilo y Juan hacían la base de madera, Ricardo pegaba encerados con tachuelas, Nicolasa y Eufemia  y las hijas de Inocente Rodríguez se dedicaban a la tarea de decoración; colocaban ovejitas con pelambre de algodón, gallos, gallinas y pollitos de barro y montecitos hechos con lana que traían de Cascajal, ramas adornadas con matas de lluvia de oro y lluvia de plata, parásitas llenas de florcitas rojas, azules y morada las que todavía la noche del rezo destilaban agua. Más allá un hirviente volcán con su cráter rojo; por acá un laguito hecho con papel crepé celeste y cubierto por un vidrio, donde nadaban pececitos de colores y enormes patos de celuloide, bajando de la montaña un río plateado elaborado cuidadosamente con papel de cigarro que iba reuniendo Ricardo meses antes, y así detalles, creatividad e inventos cada año  más pulidos y elaborados, formaban parte de aquella hermosa tradición que tanto disfruté en mi infancia.

El mismo día del rezo toda la familia participaba en la operación de limpieza, los señores se dedicaban a la recolecta de basura del galerón: pedazos de caña, cabezas de vástago y sobrantes de pasto imperial gigante.

Las mujeres se dedicaban a barrer la casa y el corredor. Lolita tiraba baldes de agua al patio para combatir el polvo y finalmente colocaban bancos, sillas y escaños para la noche solemne.

Desde las cinco de la tarde nos embargaba la inquietud por alistarnos, mis zapatos blancos bien limpios con gadiol, los cuales quedaban sucios en el primer charco entrando en casa de los Blanco, mis medias verdes dobladas coquetamente al tobillo al rato estaban todas tragadas, mi vestido amarillo con florecitas y aquel inolvidable abrigo rojo que me compró mi abuelito en México.

A las seis y media toda la chiquillería corría como loca con la noticia “ya llegó Goyito”, era la señal de que deberíamos ir a escoger el mejor lugar y claro, donde pudiéramos ver mejor a los músicos (dos guitarras, una mandolina y aquel famoso violín- corneta).

A las siete en punto los músicos afinaban sus instrumentos, el de la mandolina y los guitarristas se miraban fijamente a los ojos mientras punteaban, el violín- corneta ya venía afinado para que “Patilla” pudiera coquetear a gusto.

La sala empezaba a llenarse principalmente de chiquillos y señoras, porque las muchachas que llegaban se quedaban en los corredores con sus novios, mientras los señores fumaban  en el patio, previa visita a la pulpería donde aclaraban su garganta con un ron colorado con boca de queso blanco.  Mientras en la cocina se oía el murmullo de las señoras, el olor del café recién chorreado empezaba a salir por la puerta, por las ventanas y a colarse por las rendijas que daban la sala.  El pan casero preparado un día anterior lucía apetitoso en grandes cajas de cartón, el bizcocho dorado -preparado por Mensa- despedía aquel rico olor a maíz y queso, las empanadas de miel de chiverre y el tamal asado estaban colocados ordenadamente en azafates sobre el moledero.

En grandes ollas el rompope con su “clásico amarillo huevo de botica” era para las señoras, y en un torneado, el compuesto preparado de guaro contrabando para los señores; a los chiquillos a veces nos tocaba de rebote un rompopito pero para nosotros era el café.

Y en medio de aquella gama de olores, se dejaba sentir según la dirección del viento, el olor a boñiga fresca del galerón adjunto.

Venía Daniel Rodríguez con sus hijas, las más chicas entraban en la sala y las más grandes se quedaban en el corredor esperando a sus novios.  Elodia  se asomaba a ver el portal, mientras Ramoncillo Vargas, se quedaba con Rigo en el patio saludando a Daniel.  Ya previo aviso quedaban de encontrarse en el rezo Norita y Pisculín, Luz y Celso, Macha y Toño, Chala y Álvaro, Vita y Facio.  Hacía la entrada doña María con Arturo. Zelmira del brazo de Maruja tirándole ojo a Yiya para que Miguelillo Chino no se le fuera a acercar. Llegaban Otilia y Toño Aguilar acompañados de Rafael, María y Moncho.

Hacía la parada la cazadora de las siete y cuarto de la noche que venía del centro y bajaban Enrique Polaco, Pelacho, Frijolillo, Cocaleco, Alfredo Jara, Pancho, Javier Robles, Catalán  Zúñiga y Patico y el resto de la barra de choferes y cobradores de la parada de Coronado, que mi flaca memoria no registra con exactitud.

A las siete  y media en punto se levantaba de su asiento donde dormitaba  con sus lentes en la punta de la nariz Goyito.

-Bueno muchachos vamos a empezar.-

-Con dulce amor cada día y con tierno corazón  rezaré con devoción el rosario de María.-

Y daba inicio el rosario. Se rezaba el primer misterio, no recuerdo si eran los Gloriosos, Gozosos o los Dolorosos, ya que nunca los pude identificar -y eso hasta la fecha-.

Con alegre introducción los músicos daban la pauta para iniciar el padrenuestro cantado. Luego seguían las avemarías  que los chiquillos rezábamos a toda carrera  para que se terminara el misterio  lo antes posible y se diera paso a los hermosos, alegres e interminables villancicos, los cuales eran obligación ineludible saberse de memoria para hacerle coro a Goyito.

Con un fuerte carraspeo, Goyito se aclaraba la garganta y aquello se desbordaba en entusiasmo coral:

-Un niño ha nacido

Lo anuncia una estrella…

Y todos coreábamos, al final:

-Corred, volad, sus glorias alcanzad…

-Un ángel responde al mismo compás

Gloria en las alturas y en la tierra paz…

 

Entre el coro se escuchaba las zetas inconfundibles de Fabio “mosco”:

“Veniz pastorcillos, veniz adorar”…

 

Y seguía otro misterio y otro villancico:

-Reguemos con flores

Su cuna en redor…

 

Cuando empezaba el quinto misterio escuchábamos el ruido de las tazas sobre la mesa y por las rendijas se veía a las señoras colocar junto a cada taza un bizcocho, un pedazo de tamal asado y un bollito de pan dulce.

Se iniciaba la salve cantada y era hora de prepararnos a practicar nuestro elemental latín para cantar las letanías, la cuales dominábamos con una fluidez que el mejor cartujo hubiera sentido envidia.

-Kyrie eleison

-Kristie eleison

-Miserere nobis

-Santa María

-Santa Idegenitris

-Santa Virgo Virginium

-Ora pro nobis

Por allá se dejaba escuchar la voz de Chiverre con su cara de huevo y con sus dientes separados semejantes a un peine de jardín, con su chinga de cigarro entre los labios respondiendo muy risueño en su rudimentario latín:

-Ahora pro nopris…

Y nos poníamos de rodillas y muy reverentes y con golpes de pecho cantábamos:

-Agnus Dei

-Pecata mundi

-Misere nobis

 

Alabemos  a María y dejémosle el parabién.

Así finalizaba el rezo: Viva Jesús, Viva María, vivamos todos y muramos libres de pecado.

-Buenas noches, decía Goyito, miraba su reloj con leontina y se sentaba de nuevo a dormitar.

Inmediatamente pasábamos todos los chiquillos a la mesa a tomar nuestro café, con su dotación de tamal asado, bizcocho y pan dulce; al salir, entre tímidos y traviesos tomábamos otro bizcochito de la canasta que estaba sobre la mesa.

Y así salíamos felices comentando el acontecimiento y esperando ansiosos que el tiempo pasara pronto, para poder ir al año siguiente a nuestro inolvidable “Rezo del Niño en la casa de los Blanco”.

 

Ligia Alvarado Vives

Memoria Comunitaria de Vázquez de Coronado

 

Read 249 times
Rate this item
(0 votes)
More in this category: « INVU aprobó prórroga

Toyopan

Isidreño