200 años y una reflexión

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Published in Opinion del director

Los doscientos años de vida independiente nos llenan de orgullo, porque son una flor en el ojal del país más bello del mundo y al cual amamos. 

Pienso que ojalá, algún día, podamos celebrar el Día de la Democracia y la Justicia Social, y que también cumpliesen 200 o más años, aunque creo que estamos muy lejos de eso, porque montado sobre este sistema político que nos permite elegir libremente a nuestros gobernantes, fue creciendo una carroña política que malinterpretó  adrede el ideal de un pueblo democrático y justo por una forma de enriquecimiento ilícito, a través de la corrupción, el clientelismo, el soborno y el abuso de poder, entre otros.

Llegar a gobernar  bajo la máscara de un sistema libre y democrático  se convirtió en la estrategia de los grupos de poder de nuestro país, para financiar sus intereses particulares y hoy, cada cuatro años, vemos cómo salen a la luz uno y otro y otro chorizo, porque más allá de lo que gane un funcionario público de cualquier nivel, el “negocio” está en lo ilícito, que es mucho más rentable.

El problema para los corruptos es que antes se repartían las ganancias entre un pequeño grupo de personas con poder, dejando en el camino de sus acciones un fajo de billetes para comprar los favores que requerían; no obstante, ese jugoso negocio ha decrecido un poco sobre todo porque alguien siempre se queda por fuera, y acaban desnudando a los corruptos y quitándole las hojas al tamal.

Es inimaginable la cantidad de millones y millones de colones que se han robado los corruptos en este país, porque si de lo que sabemos son cifras muy muy elevadas, imagínense de lo que no sabemos, en aquellas épocas en que los presidentes, ministros, gerentes eran vistos como semidioses, y Dios libre decir algo en contra de ellos porque te echaban la maquinaria y te aplastaban: “Calladito es más bonito” era el lema de aquellas épocas.

Principalmente desde la década de los 90 hemos visto expresidentes en la cárcel o prófugos de la justicia, gerentes, empresarios, y más recientemente súper millonarios de la construcción mordiendo un poco el polvo y siendo  “huéspedes” de nuestras prisiones (aunque no generalmente por mucho tiempo, ya que siempre que un millonario o un poderoso cae en prisión, le aparece alguna enfermedad que lo obliga a la mansión por cárcel), y es cuando nos permitimos una pequeña sonrisa de justicia, aunque aún falte mucho para poner las cosas verdaderamente en su lugar.

El problema, ticos, es que la polarización social está  llegando a extremos muy peligrosos, puesto que cada vez un grupo menor tiene más, y un grupo mayor tiene menos, y ya los que estaban en el medio están en caída libre,  víctimas de una pésima distribución de la riqueza y de gobiernos que entre tanta corrupción se olvidaron de generar trabajo; de hacer crecer la producción; de no adormecer al pueblo con ayudas temporales en vez de brindarle soluciones reales, que impliquen un compromiso de las dos partes para hacer crecer este país; de acabar con  inmerecidas pensiones de lujo mientras a otros les dan limosnas de sobrevivencia, y lo peor, después de que has cotizado toda la vida, ahora te dicen que el sistema está a punto de explotar y que nos podemos quedar viendo pa’ el palo.

¿A dónde están llevando a este país? A un punto muy, muy peligroso porque nos están amontonando en el rincón de la desesperación, ahí donde no sabemos si van a surgir buenas o pésimas decisiones de gente que al límite puede tomar acciones que podrían provocar serias heridas en una sociedad, que se muestra indiferente, porque a cada quien su individualismo únicamente le permite defender el statu quo.

Ticos, no dejemos que nuestra bella Costa Rica se nos escape de las manos. Democracia no es tanto el derecho a, sino el deber de, sí el deber de involucrarse, de no ver los toros desde la barrera, de que las personas honestas se inscriban en los partidos políticos y les den un remezón desde las bases, o creen verdaderos partidos en los que una persona honesta y capaz no tenga que comprar su candidatura a la presidencia o a una diputación. Acabar por fin con las argollas políticas para procurar en el futuro gobernantes honestos y comprometidos, que le den verdadera validez a la soberanía del pueblo, de elegir sus representantes y que saneen un poco este país, salvando una democracia que actualmente está en cuidados intensivos.

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