El llanto de los niños Featured

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Published in Opinion del director

La peregrinación penitencial del Papa Francisco a Canadá, para pedir perdón a las comunidades indígenas que por más de un siglo sufrieron de abusos que pretendían eliminar su cultura y vieron partir a sus niños al sistema de escuelas residenciales, muchas de ella dirigidas por la iglesia Católica, y que dejaron el triste saldo de más de 4 mil niños indígenas muertos, muchos de ellos abusados, debe llamar a la reflexión. 

Hay mucho de qué reflexionar de esa situación que se gestó bajo la mirada permisiva de muchas personas y autoridades eclesiásticas y políticas que pudieron evitarla, y para efectos de este comentario, de  motivación para que abramos los ojos a la triste realidad que sufren miles, quizá cientos de miles o millones de niños en el mundo por abusos en sus mismos hogares, en las escuelas, en el ámbito religioso, en las calles y en muchos lugares en los que los adultos les hemos perdido la pista, hasta que la desgracia los hacen contenido informativo de los telenoticieros.

Quien ama a su hijo (a), a su nieto (a), a su hermanito (a) hoy en día, tiene que protegerlo (a). Incluso, sin ser familia, un simple vecino o conocido que ve una situación irregular en un hogar tiene el deber de denunciarlo o indagar hasta estar seguro de que no se trata de un niño en peligro de abuso, agresión y muerte. No hacerlo es un acto de crueldad tan grave como el mismo abuso que pueda sufrir el niño por un tercero.

Por otra parte, debemos aprender a ser desconfiados de cualquiera, no importa qué cargo eclesiástico, gubernamental, educacional o el que sea, ocupe el agresor; ya sea el pariente cercano o lejano, el vecino “bondadoso”, el “amigo de confianza”, porque todos somos simplemente seres humanos de carne y hueso expuestos a la maldad; en el mundo terrenal no existen los santos, ni en las religiones y mucho menos fuera de estas.

También hay que hacer conciencia de las ridículas leyes que tenemos; esa mujer que abandonó a su bebé a la par de un río, y que ya anda libre, decían en las noticias que por abandono se exponía a una pena de tres años, cuando está clarísimo que intentó asesinar a su bebé solo que no lo quería matar directamente y prefirió abandonarlo a su suerte. Sinceramente es difícil pensar qué puede pasar por la mente de una persona cuando comete una maldad de este tipo y sobre todo cuando lo hace contra un pequeño (a) que no puede defenderse.

Cuántos niños han sufrido, cuántos están sufriendo y cuántos que aún no han nacido sufrirán por culpa de una sociedad individualista e indiferente al dolor ajeno: “mientras no nos toquen, no me interesa, no es con nosotros”; es esa la forma de pensar que abre la puerta a la maldad y, repito, los más perjudicados son aquellos que todavía no pueden defenderse.

Si hay algo por lo cual vale la pena luchar, diputados “creadores de leyes”, es por el derecho que tiene un niño a ser feliz, a no acostarse con el estómago vacío, a ser tratado con amor y cariño, a no sufrir bullying, a tener una educación que verdaderamente le abra una oportunidad en su vida, a no ser explotado, abusado o maltratado de ninguna forma, y a tener un techo con condiciones que le permita dormir seguro todas las noches.

Si usted ama verdaderamente a sus niños y niñas y a los niños y niñas en general, protéjalos, porque en un mundo lleno de maldad ellos no pueden hacerlo solos. Segundo aprenda a ser desconfiado (a) porque, como queda claro en el primer párrafo de este comentario, no hay cruz en qué persignarse.

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