La Vencedora: Recuerdos de una cuadra...  

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Era el principio de los años 60, época de ceniza con el volcán Irazú en plena actividad, cuando mi familia llegó a Coronado y mis padres alquilaron una casa a 50 metros del parque del cantón, que no recuerdo con exactitud si todavía era una plaza, entonces.

En esa cuadra, ubicada en el corazón de San Isidro, ruta invariable de los buses y de los automóviles que en aquellos años eran muy pocos, viviría yo por casi dos décadas, o sea toda mi niñez y adolescencia.

Recuerdo que en la esquina estaba la pulpería La Vencedora, un punto de referencia y uno de los negocios más populares del cantón. A la dueña le decían doña María, la “Polaca”. Su nombre completo era doña María Habitt Makhlouf y el de su esposo  don Eusebio Jacob Makhlouf.

En la década de los 20 del siglo pasado esta pareja había salido del Líbano, con rumbo a América. Tuvieron una breve estancia en la isla de Cuba, pero decidieron mudarse a Costa Rica, en donde echaron raíces en forma permanente.  Habían decidido migrar, como muchos libaneses, debido a las durísimas condiciones de vida que se les imponía a los cristianos en su tierra natal, que estaba ocupada por el Imperio Otomano.  Dejaron el Líbano con sus dos hijas mayores: Zoraida y Silena.  En Cuba nacieron Yusafín (Nené) y Antonio (Shafik) y en  Costa Rica nacerían Rosa Marta (Chichí), Salwa, María de los Ángeles (quien murió a los nueve meses de vida), Yamel y Waded.  Después de residir varios años en San José, por la zona del cine Líbano, decidieron mudarse a San Isidro de Coronado. 

Al decir de ambos, el bello paisaje de Coronado les recordaba las verdes montañas pobladas de cedros en la espectacular región de su pueblo natal, Bekaa Kafra.  En Coronado forjaron muchos y estrechos lazos con la comunidad, de la cual se sentían parte y de cuyas actividades cívicas y religiosas siempre participaban.  Sumamente respetuosos de la gente y tremendamente solidarios, supieron cosechar para ellos y para toda su familia el cariño y el respeto de todo un pueblo, que hasta hoy recuerda con añoranza a don Eusebio y a doña María, conocidos cariñosamente como “los polacos”.

Recuerdo a doña María siempre al pie del cañón en “La Vencedora”, un nombre ganador para una familia muy trabajadora. A esa pulpería fui mil veces a hacer los mandados, a comprar confites de mora, vaquitas, alborotos, marcianitos, premios de pinolillo, salvavidas, bollitos de pan que valían un cinco (cinco céntimos), bolis, etc. Ah, y no podían faltar las melcochas con premio de la Estrella, doña María siempre que uno compraba decía “fíjese a ver si tiene premio”.

Subiendo desde la esquina de La Vencedora estaba luego Rodrigo Ramos (Rigo el Zapatero), quien por su ventana veía pasar toda la actividad de Coronado mientras arreglaba los zapatos de los coronadeños.

Le seguía Juan el Herrero. Una puerta ancha, un pequeño espacio donde se amarraban los caballos a esperar el turno y al fondo un  pequeño galerón donde Juan, en aquel entonces calculo que con 60 años o más, se fajaba con las bestias a las que tenía que sostenerles la pata mientras colocaba el casco luego de calentarlos a fuego vivo y doblarlos a mazazos (los cascos por supuesto). Ese lugar daba a la ventana del cuarto donde dormíamos mis hermanos y yo, y me entretenía mucho ver el proceso y también nos llevamos muchos sustos con caballos que se ponían espesos y empezaban a patear las paredes de la casa.

Seguía después la barbería de los Chinchilla, don Ramón el padre, que poco tiempo después falleció, Leonel y Fernando sus hijos, en donde pasé largos y recordados ratos y con quienes hice una buena amistad y donde aprendí el arte de jugar tablero, después de haber encajado una innumerable cantidad de “chanchitos” (cuando una ficha queda atrapada al final de la partida sin poder moverse para ningún lado) por parte de Fernando.

Con todos ellos me gané propinas: con Rigo llevándole zapatos y comprándole cuero en San José; con Juan dizque asistiéndole, pero en realidad solo le pasaba las cosas y él me mantenía protegido fuera del alcance de los caballos; y con los Chinchilla recuerdo que me mandaban a las Brisas (uno de los negocios más históricos de Coronado) a comprar café con leche en botellas de vidrio de los refrescos y sándwiches de carne, ah bueno, y con doña María más de una vez me regalaba algún confite de feria.

Después de los Chinchilla seguíamos nosotros, una casa con un largo y hermoso patio que colindaba con la casa al otro lado de la cuadra. Después de nosotros había una casa de alquiler, un lote que no recuerdo de quién era, unas familias y casi en la esquina la Botica de don Chilo, que era lo más cercano a la farmacia del pueblo. Él atendía con las mangas arrolladas con una liga y en el local tenía muchos gatos. La gente le tenía mucha fe y a él acudían cuando alguien se enfermaba.

Hasta la casa de nosotros, todo eso pertenecía a doña María y su esposo don Eusebio que muchos años después, al parecer en la década de los 70, vendieron la pulpería a Manuel Mora, que años después compraría toda la propiedad. Don Eusebio falleció en 1973 cuando tenía 86 años y doña María en 1990 a los 87 años.

A ellos nunca los volví a ver ni a saber nada hasta ahora que mi amigo Ricardo Zúñiga, que está haciendo una excelente e inédita recolección de fotos de los personajes históricos  de nuestro cantón, me facilitó el contacto con los familiares de esta pareja.

Lastimosamente, ya quedó atrás aquel Coronado maravilloso, tranquilo en el que todos se conocían; el de los lecheros que llegaban a tocar la puerta, de los caballos que atravesaban todo San Isidro para llegar a donde Juan; de las mejengas en la Plaza Vargas, de los paseos al río Macho a bañarse y traer guayabas, cruzando para abajo de donde está ahora la Cruz Roja hacia Dulce Nombre por el trillo que llamábamos “Patalillo”, y de paso cogíamos moras por montones; el Coronado en que El Marabú y el Uruguay eran los dos salones donde se armaban los principales bailongos con conjunto y todo, y  muchas cosas más que son ahora tan solo un recuerdo, que agradezco a Dios haber vivido y disfrutado, y que trataremos de irlos recordando individualmente poco a poco en ediciones futuras.

Cabe mencionar que gracias a una excelente restauración, esa cuadra de la Vencedora se ve ahora muy parecida a como fue en el pasado.

Agradecemos a Yusafín Jarquín Jacob, nieta de doña María y don Eusebio, quien junto a otros familiares nos ayudó a completar esta historia.

 

 

La familia Jacob Habitt: Waded, Yamel, Antonio (Shafik), Yusafín (Nené),

Rosa Marta (Chichí) Jacob Habitt, Doña María Habitt Makhlouf (doña María)

y Silena.

 

 

 Doña María Habitt Makhlouf y don Eusebio Jacob Makhouf, dueños de la 

Pulpería La Vencedora.

 

Henry Issa El Khoury Jacob, Patricia Carreras Jacob y la abuelita de ambos,

María Habitt Makhlouf.

 

Eusebio Jacob Makhlouf y su nieta, Patricia Carreras Jacob.

 

Flor Eugenia y Patricia Carreras Jacob y Yusafín Jarquín Jacob en las graditas de

la entrada a la pulpería.

  

Esta foto que data de hace unos 15 años o más, es la muestra más cercana de cómo

era esa cuadra en los años 60.  Donde dice Adidas estaba el rótulo y puerta principal

de La Vencedora. En las gradas don Manuel Mora (+) quien les compró la propiedad

a doña María y don Eusebio.

 

Don Fernando Chinchilla, quien falleció a principios de este mes

de junio, era el último sobreviviente de los comerciantes en aquella

cuadra de la Vencedora. El tenía la barbería con su hermano Leonel.

 

Rodrigo Ramos “Rigo el zapatero” parte de esta historia y también toda una historia

aparte, de un personaje nombrado como “Hijo Predilecto” de nuestro cantón.

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Toyopan

Isidreño

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