El señor de las pulperías Featured

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Un recuento por el Coronado de antaño de algunos de los negocios que hicieron historia en nuestro cantón.

Su nombre es Manuel Antonio de Jesús Rodríguez Saborío, una persona a la que quienes somos de este cantón y de la segunda mitad del siglo pasado conocimos, cuando íbamos a comprar a las pulperías y sodas coronadeñas de aquellas épocas.

Manuel, con 82 años de edad y una memoria privilegiada en cuanto a nombres, dice haber trabajado por lo menos en unas 20 pulperías a lo largo de su vida y nos recuerda que en aquel entonces estos negocios eran mixtos, y había una mampara que dividía la pulpería de la cantina, para que las señoras y los niños que entraban a comprar no vieran a los que llegaban a tomar licor. Con él y nuestro amigo Ricardo Zúñiga, el delicioso café chorreado de doña Giselle Rodríguez, sobrina de don Manuel, y en su vivienda en Calle Rodríguez, en San Antonio, pasamos una linda tarde recordando ese pasado coronadeño que nadie todavía escribe pero está latente en la mente de nuestros adultos mayores que ya suman  muchos años, y si tienen una excelente memoria, como don Manuel, muchos recuerdos.

 

Manuel Rodríguez, en su mente y a sus 82 años de edad, todavía están frescos los recuerdos de los negocios del Coronado de antaño.

 

Los inicios

Cuando Manuel tenía 15 años de edad su familia abrió el Danubio Azul, una pulpería y cantina ubicada donde hasta hace poco estuvo la farmacia Sucre, diagonal a los semáforos de entrada a San Isidro, y que estaba al frente de la cantina el Cambio, donde hoy existe el centro comercial Velasuman.

“El Danubio era un negocio familiar, mi hermano Jorge era el administrador, y renunció a su trabajo en la Orange Crush, que estaba en cinco esquinas de Tibás, para venirse a trabajar con nosotros. Ese negocio lo compramos en 15 mil pesos, en 1955, y ahí estuvimos hasta que se quemó en 1962. Eran otros tiempos, en ese entonces una cerveza valía ¢1,50 y un trago de licor valía 50 céntimos, copa llena un colón.

Antes de empezar como dependiente de los negocios, Manuel se dedicaba a una labor que se llamaba “guía de boyeros” y que consistía en que cuando contrataban a un boyero para arar un campo, el guía iba jalando a los bueyes mientras el dueño del arado tenía que ir luchando con los embates del terreno; y dice que recuerda a un boyero de Purral que se enojaba mucho cuando hacía calor o cuando los bueyes sacaban la lengua.

Después del Danubio Azul, Manuel se fue a trabajar a Las Brisas, unos de los negocios más recordados de Coronado, y en cuyos inicios estaba ubicado al costado norte del templo de San Isidro y pertenecía a una familia Arias. “El que fundó ese negocio se llamaba Lencho Arias, después se lo vendió a un señor de San Ramón que se llamaba Pilar Hidalgo, que lo vendió a Abraham Barrantes, también de San Ramón, y este lo vendió a Pachico Gamboa, y este a una sociedad Alpízar e Hidalgo, que se lo vendieron a Miguel Soto, y este a Filiberto Sáenz de Tacares de Grecia, quien lo vendió a Rafael Rodríguez de Zarcero, y por último este se lo vendió al Macho, Francisco Álvarez, quien fue el último en esa ubicación.

Álvarez se llevó el negocio para donde estaba El Progreso que era de Carlos Vargas, quien había fallecido. El Progreso había sido un almacén grande en el que trabajaban como 10 dependientes y se vendía de todo,  hasta que lo compró el macho Álvarez para poner Las Brisas en ese lugar, ubicado diagonal a donde hoy está la carnicería La Central.

Por otra parte, donde estaban las Brisas se convirtió en una soda que administró Rafael Sáenz. En resumen, en cuanto a las Brisas don Manuel trabajó con los Sáenz, los Rodríguez y el Macho Álvarez, los tres últimos dueños, y además dice que tuvo el honor de laborar junto al más famoso cantinero de aquella época en Coronado, llamado Álvaro Marín, quien era un experto cantinero y boquero.

 

Largo recorrido

Tras su trabajo en Las Brisas, Manuel dice que se fue a trabajar con Filiberto “Chichi” Vargas al Retorno, ubicado donde ahora está la Fischel.  Ahí afirma que combinaba su trabajo con el de la soda el Rayito de Luna de Manuel García, salía de uno e iba a trabajar al otro. Luego se pasó a trabajar con Carlos Quesada, al Porvenir, un negocio pequeño de madera que a inicios de los 70 Quesada demolió y construyó nuevo convirtiéndolo en un negocio grande, que posteriormente le vende a Fabio Jiménez, quien le cambia el nombre y le pone el Súper Coronado; Fabio lo tuvo unos años y se lo vendió al cubano Rubián Valdivia, aunque la propiedad siempre perteneció y pertenece a los Quesada. El Súper Coronado estuvo ubicado donde ahora hay una tienda, en la esquina, 100 metros sur de la escuela José Ana Marín

Por su parte, don Carlos Quesada después de venderle a Jiménez, le compró a  “Chichi” Vargas el Retorno y luego se lo vende a un salvadoreño de apellido Chavarría, quien lo tuvo un tiempo y se lo vendió a su compatriota Rubén Velázquez, quien tuvo el sueño de construir ahí un centro comercial, pero desgraciadamente no le alcanzó el tiempo y falleció, aunque sus hijos levantaron ahí el actual Centro Comercial El Ángel, costado norte de la Gallinita Feliz.

Volviendo a Manuel, nos afirma que estuvo como ocho años trabajando en el Súper Coronado para el cubano Valdivia, hasta que por fin decidió independizarse y con un préstamo que le facilitó Luis Chacón “Luisón” tomó una pulpería en San Antonio que se llamaba la Campana 3.

“Se la compré a un cubano que se llamaba Arturo Ramos, con un préstamo de un millón de colones que me hizo Luisón y a quien le pagué enviándole un diario todos los meses; él me mandaba la lista y yo le enviaba el diario y así en tres años, de 1985 a 1988 lo saqué libre”. No obstante, el destino le jugó una mala pasada a Manuel en esta época de empresario, porque dice que de tanto trabajar en pulperías, sodas y cantinas se le gastó la cadera y la rodilla, y entonces tuvieron que operarlo y el doctor le dijo que ya no podía trabajar más en negocios por estar de pie. “Fue entonces cuando dejé el negocio a cargo de un cuñado que no sabía trabajar en eso y en cuestión de dos años me entregó las llaves, ya que se puso a dar ferias (pequeñas regalías que daban antes los pulperos por alguna compra), y por cualquier diario regalaba medios kilos de queso, mortadela, cajas de galletas y cuando me di cuenta no había mercadería ni dinero”.

Pese a los embates del destino, Manuel no se dio por vencido y se fue a trabajar con un sobrino a la pulpería San Francisco, y luego le alquiló el negocio La Guaria a Gabriel Calderón en Calle de la Máquina, y después trabajó con un sobrino en el Abastecedor Sinaí, en San Pedro.

Si una vez Manuel tuvo un cambio radical en su vida fue cuando se fue para Escazú, donde alquiló un negocio que se llamaba La Noche Buena, pulpería y cantina, y de ahí salió tras un lío familiar que lo obligó a dejarlo todo e irse a trabajar a  San José, en un negocio por la zona roja que se llamaba La Reforma, y de ahí regresó a Coronado al bar Yaya y a la cantina La Uruguaya.

 

Esta era la esquina de las Brisas de Francisco “Macho” Alvarez (100 norte del templo) último dueño de este legendario negocio.

 

Rentable

Manuel mira ahora hacia el pasado y se siente agradecido con tantas oportunidades que le dio la vida y que le permitió conocer tanta gente. Consultado sobre el éxito de aquel entonces de las pulperías, que hoy en día mueren poco a poco, aunque siguen resistiendo, ante las cadenas de supermercados, respondió que “las pulperías eran negocios rentables que producían ganancias”. Al igual que hoy en día, la gente optaba por la cercanía en el barrio que les facilitaba las compras casuales, aunque los diarios ya algunos los buscaban en almacenes o negocios más grandes. Claro está, uno de los motivos por los que muchos compraban sus víveres en la pulpería del barrio era el crédito; sí, las famosas libretitas con las que se iba al pulpero y se le decía: “dice mi mamá que le dé un kilo de arroz y otro de frijoles y un paquete de macarrones y que lo apunte”, y cuando venía la quincena los deudores hacían fila para pagar y seguir con el crédito, aunque no todos y eso les trajo problemas económicos a muchas pulperías, algunas hasta las llevó a la quiebra.

En las sodas era algo parecido, nos dice Manuel que en ese entonces un sándwich de carne y un café con leche valían 85 céntimos, 50 el sándwich y 35 el café. “Recuerdo que fue Las Brisas la primera en cambiar la forma de calentar el café acá en Coronado, porque antes se ponía en una cafetera pero las resistencias le daban directamente al café, lo rechinaban y sabía feo, pero vino entonces un  sistema de cafetera moderna, con tres tanques, uno con agua, otro con café y por último el de la leche, entonces la resistencia le daba al agua, el agua al café y el café a la leche, no lo rechinaba y el café sabía muy rico y se hizo famoso”, y mucha gente iba a tomarlo o lo mandaba a traer, algunos en las viejas botellas de Coca Cola.

En aquellos tiempos, recuerda Manuel, ganaba 90 pesos trabajando de seis de la mañana a ocho de la noche, pero esa fue su vida durante décadas y dice sentirse satisfecho de lo vivido. Con respecto a su familia, si tuvo o no esposa e hijos, y de aquello de una novia esperando en la iglesia de San Isidro, y un novio al que la policía andaba buscando por San Carlos, o el matrimonio en que el dependiente le pidió permiso “un ratito” a su jefe, se fue para la iglesia, se casó y se devolvió a trabajar, eso señores, ¡es otra historia!, que tal vez la podamos contar más adelante, así como la reseña de los negocios en San Isidro desde el templo hasta dónde ahora está la Carnicería Central, por ambos lados de la calle.

 

Foto en el negocio El Retorno. De frente Carlos Quesada Gamboa con uno de los dependientes de la pulpería.

 

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